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¿Por culpa de un idioma?
Allá por el año 1991, el padrino de mi esposo tuvo conocimiento de un sacerdote “sanador” en la provincia a del Chaco, razón por la cual decide viajar para darle fin a ciertas enfermedades que padecía y llevando como compañía a una familiar mía de origen brasilero.

Este sacerdote, al conocer el idioma que esta dominaba, le propuso que hiciera traducciones de libros en portugués; ella lo aceptó complacida y comenzó a trabajar y al mismo tiempo se fue interiorizando y a descubrir la “ciencia” conocida como Radiestesia.



En ella se trabaja con péndulos y dicen que con este arte se descubren y diagnostican sobre: salud, trabajo, enfermedades etc. Se fue formando así un “Centro de Radiestesia” con la asistencia de unas 200 personas diarias, para esta curaciones se recetaban como tratamiento: sesiones de pirámides, péndulo, agua energizada, plaquetas de metales, talismanes...

Dicho sacerdote fue amonestado por su Obispo, pero este le contestó: “Hago más falta a estas 200 personas que me consultan que a los pocos fieles que vienen a Misa”.

Esto siguió así, hasta que el Obispo se sintió obligado a suspenderlo de todas las funciones ministeriales.

Gracias a Dios, al poco tiempo todo esto se terminó.

Volvimos entonces a Paraná, en donde seguimos con este trabajo aprendido en el Chaco y me comprometí seriamente porque creía que “todo” lo que un sacerdote enseña, era verdadero y sagrado pero como también no tenía trabajo, y esa actividad me reportaba alguna ganancia.

Transcurrí así por un tiempo, hasta que Dios y sólo El dijo: ¡Basta!



Estando sola en mi escritorio de trabajo, mis pensamientos eran múltiples y mi vida desordenada, yo quería encontrar alguna solución para mi propia familia; entonces usé una hermosa técnica: me senté en la silla del consultante y me puse a preguntarme a mi misma por todo lo que me torturaba y por las que no encontraba una respuesta adecuada.

En ese momento comencé a tomar conciencia de lo que estaba haciendo y me decía, que yo solucionaba los problemas de los demás ¿y los míos?...



A partir de ahí, comencé a ir solamente medio día y por fin llegó esa tarde bendita en que me fui a confesar con el P. Juan en San Miguel, después de 30 años que no lo hacía. Sentí allí la vergüenza, la miseria más grande que tenía en mi alma; a consecuencias de esta confesión, dejé definitivamente la práctica del péndulo y toda esa falsa ciencia, pero a la vez me era difícil dejarlo todo por la relación con ese familiar y que está en lo mismo; para mí era asfixiante, porque no quería herir a esa persona, sólo atiné a orar y pedir y sigo pidiendo en las Santas Misas para que Dios la ilumine y la rescate de las tinieblas.



Durante mucho tiempo asistí a los grupos de oración carismáticos de San Miguel y comencé a servir en los Seminarios de Vida y nunca más dejé de correr hacia Dios, hacia la verdadera y permanente conversión; no me canso de glorificar a Dios Nuestro Señor, por darme laicos y sacerdotes que me guían. Siempre diré: Crean sólo en el Único Dios verdadero y su enviado Jesucristo. El Único, el Infinitamente Misericordioso.



Ahora trabajo con verdadero gozo y orgullo santo en las “Noches de guardia para el Señor” en FM Corazón, desde allí pudo gritar a los cuatro vientos: ¡Gracias Jesús por abrir mis ojos, mis oídos y mi lengua para poder albarte y glorificarte! Amén
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